martes, 2 de diciembre de 2014

La generación espontánea




Los primeros biólogos de la Antigüedad ya habían comprendido fácil y correctamente el modo según el cual el proceso reproductor actuaba en los animales más comunes, y habían observado que la vida de todo nuevo individuo tenía su inicio en el cuerpo femenino o, como mínimo, en los huevos puestos por la madre. Sin embargo, durante muchos siglos fue una convicción común que los animales más pequeños podían nacer de la materia no viva, por generación espontánea. El fundador de esta teoría fue Aristóteles, que, hacia mediados del siglo IV a. C., se dedicó al estudio de las ciencias naturales.

El filósofo sostenía que algunas formas de vida, como los gusanos y los renacuajos, se originaban en el barro calentado por el sol, mientras que las moscas nacían en la carne descompuesta de las carroñas de animales. Estas convicciones erróneas sobrevivieron durante siglos hasta que, hacia mediados del siglo XVII, el biólogo italiano Francesco Redi (~1626?-1697) demostró que las larvas de mosca se originaban en la carne tan sólo si las moscas vivas habían puesto previamente sus huevos allí: por consiguiente, sostenía que ninguna forma de vida había podido nacer de la materia inanimada. Redi preparó algunos recipientes de vidrio que contenían carne del mismo origen; entonces cubrió la mitad de estos recipientes con gasa, de modo que pudieran transpirar y dejó abiertos los restantes contenedores.
Después de algunos días observó que la carne contenida en los recipientes cubiertos, aun cuando estaba en putrefacción no contenía traza alguna de larvas, al contrario de lo que sucedía con la carne de los recipientes descubiertos, en la que las moscas adultas habían podido poner sus huevos. Este experimento habría podido demostrar definitivamente que la vida sólo podía originarse en otra forma de vida preexistente, pero no fue así: la teoría de la generación espontánea sobrevivió dos siglos más, gracias al apoyo de los medios religiosos partidarios del pensamiento teológico de Aristóteles.
En el mismo período, el fisiólogo inglés William Harvey (1578-1657), tras su estudio sobre la reproducción y el desarrollo de los ciervos, descubrió que la vida de todo animal se inicia efectivamente en un huevo, y un siglo después el sacerdote italiano Lazzaro Spallanzani (1729-1799) comprendió la importancia de los espermatozoides en el proceso reproductor de los mamíferos. Aunque estos descubrimientos demostraron la validez de las tesis de Harvey y Spallanzani, durante mucho tiempo se continuó sosteniendo la teoría de la generación espontánea, por lo menos en el caso de los animales muy pequeños, como los microorganismos hasta que en 1861, gracias a Louis Pasteur (1822-1895) y a sus experimentos sobre las bacterias, fue definitivamente refutada.
Pasteur cultivó bacterias en una solución nutritiva contenida en unos cuantos balones de vidrio; los balones estaban provistos de un cuello largo en forma de S, desprovisto de tapón, que impedía el paso de los microorganismos externos. Después de una prolongada ebullición, observó que la solución estaba desprovista de toda forma de vida y que estas condiciones se mantenían durante varios meses. Con esta experiencia, Pasteur descubrió el principio de la esterilización, además de otros procedimientos que todavía se utilizan hoy para destruir los microorganismos, y demostró así que ninguna forma de vida puede originarse espontáneamente de la materia inorgánica, sino únicamente de la vida preexistente (onine vivum ex vivo) éste es el denominado proceso de la biogénesis.
 


Fin de la teoría de la generación espontánea

Cien años después del descubrimiento de los microorganismos por Leewenhock, se atribuía el origen de los mismos a la descomposición de la materia orgánica (generación espontánea).
Transcurría el año 1745 cuando un sacerdote irlandés, Tuberville Needham, alegaba en favor de esa teoría el siguiente experimento: colocó jugo de cordero en un frasco taponado, lo mantuvo durante media hora en la ceniza caliente, con el objeto de destruir a los gérmenes (microorganismos que podrían encontrarse en la superficie o interior del frasco, o en el líquido), luego retiró la fuente de calor y comprobó que al cabo de un tiempo el caldo se poblaba de microorganismos, lo que según Needham solo podía provenir de la génesis espontánea.
Para comprobar si el experimento era correcto o no, el italiano Spallanzani repitió la operación veinte años después tomando nuevos recaudos, como taponar correctamente los frascos y someterlos a altas y prolongadas temperaturas. En estas nuevas condiciones, los resultados fueron distintos, ya que no aparecieron los microorganismos en los caldos de cultivo.
Needham contestó a Spallanzani, que con la ebullición prolongada de sus experiencias había destruido la "fuerza vital" contenida en los cultivos, y como el investigador italiano no pudo demostrar que la ebullición no había alterado el aire dentro del recipiente, se consideró como correcta la primera experiencia. Transcurría la segunda mitad del siglo XIX, y el problema de la generación espontánea aún estaba esperando solución; hasta que Pasteur se vio frente a la necesidad de probar que los seres asociados a la fermentación procedían del aire.
Basándose en las frustradas experiencias anteriores, fabricó filtros de algodón, e hizo pasar el aire a través de los mismos, luego disolvió el algodón y el sedimento formado en el fondo del vaso reveló la presencia de numerosos cuerpos microscópicos redondos y alargados, que se asemejaban a organismos observados con anterioridad en las sustancias en estado de fermentación. Por otra parte en el algodón de filtro a través del cual había pasado el aire previamente filtrado, no se encontró cuerpo alguno. Con esta experiencia Pasteur comprobó la existencia de organismos en el aire, pero sin poder probar si estaban vivos o muertos.

Teniendo en cuenta lo anterior, realizó el siguiente experimento: colocó en un frasco una infusión de una sustancia fermentable; al cuello largo y estrecho le dio forma de S, dejándolo abierto. El frasco y su contenido fueron mantenidos a la temperatura de ebullición durante un largo tiempo, luego se retiró la fuente de calor, y así permaneció por días, semanas y meses, sin que su contenido fermentase; luego, cuando le cortó el cuello, quedando el interior del mismo expuesto a la invasión del aire atmosférico, observó la fermentación del caldo, demostrando, el análisis al microscopio, la presencia de microorganismos.

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